Salón de pasajeros del Jet Privado.
– ¿Pero qué coño está haciendo la tía ésa? ¿Por qué tarda tanto?
– ¡Ay, hija! No seas así. Estará buscando algo que le valga. Como tú misma has dicho, ella es más gruesa que tú. Y con los modelitos que tú gastas… la costará encontrar algo.
– ¿Qué estás insinuando? ¿Que yo me visto mal?
– En absoluto Eva. Yo no insinúo nada. Sólo digo que no creo que encuentre mucha ropa que le sirva entre tus trapitos.
– Pues más vale que salga pronto porque estoy muerta de cansancio.
– Espera, déjame ir a ver.
– ¡De eso nada! No te dejo yo a solas con ella ni por todo el oro del mundo. Yo me voy contigo.
– ¡Cómo eres!
– Ni cómo soy ni puñetas. No me fío ni un pelo de esa golfa.
Nos acercamos a la puerta del dormitorio. Golpeo suavemente con los nudillos.
– ¿Esther?
Nadie contesta. Repito la llamada golpeando con un poco más de fuerza esta vez.
– Esther, ¿Te encuentras bien?
Sigue sin haber respuesta. Tomo en mi mano el pomo de la puerta y la desplazo hacia la derecha. La puerta se desliza suavemente sin hacer el menor ruido. En cuanto el hueco me lo permite asomo la cabeza. Los vestidos de Eva se encuentras esparcidos en su mayoría por toda la cama, y Esther se encuentra tumbada sobre ellos con los ojos cerrados. Su respiración es lenta y pausada. Está dormida. Observo las curvas de su cuerpo desnudo, que continúa siendo tan atractivo como lo recordaba, a pesar de hacer ya muchos años que no lo veía. Incluso años antes de divorciarnos.
– ¿Qué? ¿Qué pasa? –pregunta Eva intentando asomar la cabeza. Cierro la puerta con prontitud impidiendo que contemple la vista que yo había tenido el privilegio de examinar.
– Se ha quedado dormida.
– ¡Pero será…
Tapo la boca a Eva para evitar que monte el escándalo.
– Déjala –susurro a Eva–. Debe haber sido un día agotador para ella.
– ¿Pero por qué se tiene que dormir en nuestra cama?
– Es igual. Nos vamos al otro dormitorio y ya está.
– Ahí la cama es muy pequeña.
– ¡Mejor! Más juntitos estaremos.
Abro la puerta del pequeño dormitorio anexo a aquel donde descansa Esther. Invito a pasar a Eva, que a regañadientes acepta. Cierro la puerta y me tumbo sobre la cama. Golpeo con la palma de la mano, sobre la escasa superficie que queda libre en el lecho, invitando a Eva a que se una a mí. Eva lo hace.
– ¿Ves? Así podré sentir toda la noche la calidez de tu cuerpo –digo, y beso dulcemente a Eva en los labios.
Ella me devuelve el beso, y de pronto, sus labios se transforman en voraces fauces que me devoran. Se sube sobre mí y me arranca la camisa. Después recorre con su lengua cada parte de mi anatomía. Se despoja de su camiseta y del sujetador y, agarrándome bruscamente de la nuca, guió mi boca hacia sus pequeños y firmes pechos. Mientras mi lengua juguetea con sus pezones, Eva comienza a gemir de una forma escandalosa.
Eva introduce su mano entre mis pantalones, y comienza a masajearme con rudeza mi miembro. Después de un rato, de juegos preliminares, y cuando ya estoy más cachondo que Nuria Bermudez en los vestuarios del Real Madrid, Eva se coloca a cuatro patas delante de mí. Su respingón culo frente a mi cara se mueve de manera sugerente.
– ¡Vamos, fóllame! –dice Eva–. ¡Fóllame como a una perra!
Aquello no fue hacer el amor. Aquello fue una sesión de sexo salvaje. Cada vez que la embestía, Eva lanzaba un grito más fuerte que la anterior. ¡Nunca había gritado tan fuerte!
– ¡Pero no grites tanto, que te van a oír hasta los pilotos!
– ¡Eso es lo que quiero! –grita Eva–. ¡Que se entere todo el mundo de lo que me hace mi hombre!
Entonces lo comprendí. No gritaba para mí. Ni porque sintiera tanto placer que no pudiera contenerse. Gritaba para Esther.
De nuevo en el dormitorio principal.
Esther se incorporó en cuanto escuchó cerrarse la puerta, y siguió con la tarea que había interrumpido para hacerse la dormida. Al cabo de unos minutos comenzó a escuchar los gritos de Eva:
– ¡Sí! ¡Así, Benito! ¡Qué bien! ¡Cómo me haces gozar!
Si lo que Eva pretendía era hacer daño a Esther, en cierto modo lo consiguió, porque un ramalazo de rabia recorrió todo su cuerpo. Pero en vez de enrabietarse, sonrío maliciosamente. Tomó de nuevo la aguja y el hilo y continuó con su arduo trabajo con los vestidos de Eva.
– Disfruta, puta, disfruta. Que ya me tocará a mí disfrutar mañana.


bueno… y estoy riendome malisiosamente ; creo que se le paso la mano a la flaquita si lo quisiera tanto como dice creo que esa sesion era solo para ellos dos, y en cuanto a Esther debe ser algo bien oscuro lo que vio en el otro capitulo, veremos que pasa….. excelente tu novela buenisima te felicito besos tu despeamiga la despe
estoy un poquito molesta fijate me voy a la pagina 20 para votarte cuando le doy a votar me dice que tengo que estar registrada ok me registro cuando logro otra ves encontrarte me dicen que para votar tengo que tener un blog inscrito y ahora que hago?perdoname por no haber entrado antes…
besos tu despeamiga la despe
Lo que te digo. Éstas se matan, y de paso matan también al BenitoCamela.
Salud.