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Mansión de Benito Camela

Cuando llegamos a casa ya eran las tres de la madrugada. La casa estaba a oscuras y en silencio, señal inequívoca de que ya todo el mundo estaba acostado. De modo que en el mayor de los silencios subimos las escaleras y nos metimos en nuestro dormitorio.

– Que pase esta noche aquí contigo no significa que se me haya pasado el enfado –me aclaró Eva.

– Lo sé. Pero si no te importa, esto lo hablamos mañana. ¿De acuerdo? –contesté–. Como te podrás imaginar, ha sido un día de locos, y estoy agotado. Ahora lo único que quiero es dormir.

– De acuerdo. Pero mañana, aclaramos el tema definitivamente. Porque yo no estoy dispuesta a compartir techo con esa pequeña arpía. ¡Quiero que se vaya!

– Mañana lo hablamos.

– No. Mañana se va.

– Por favor, Eva. ¡Déjame respirar! Ya mañana lo hablamos tranquilamente y tomamos una determinación. Ahora durmamos. ¿De acuerdo?

En ese momento sonaron unos golpes en la puerta.

– ¡Adelante! –dije.

La puerta se abrió y el somnoliento rostro de Bastian se asomó por el umbral.

– Buenas noches, Benito –dijo–. Disculpe la interrupción, pero la señorita Colero se ha ido y me indicó que le facilitara esta nota cuando Benito regresara.

Bastian se adentró y me tendió un folio, que tomé de forma automática.

– ¿Que se ha ido? ¿A dónde?

– No lo sé, Benito. La señorita no me lo comunicó. Tan solo dijo que no podía estar en esta casa por más tiempo.

– ¡Bien! –exclamó Eva pletórica de felicidad–. ¿Ves? Ya no tenemos nada que discutir mañana.

Y se metió en la cama mostrando una amplia sonrisa.

– Si Benito no desea nada más…

– Sí, por supuesto Bastian. Puedes retirarte.

Bastian salió del dormitorio cerrando la puerta tras él. Desdoblé el folio y comencé a leer:

Querido Benito:

Nunca antes me habían hecho tanto daño como el que me has provocado tú esta noche. Si te hubiese tenido en ese momento enfrente te aseguro que te hubiese estrangulado con mis propias manos. Por eso, he preferido alejarme de ti y explicarte por mediación de esta carta el motivo.

No me esperaba semejante traición por tu parte. ¿Pedir la nulidad matrimonial? ¿Pero tú quien eres? No te reconozco, Benito. Tú no eres el hombre de quien me enamoré.

¿Acaso todo el tiempo que hemos estado juntos no ha significado nada para ti? ¿Acaso nuestro hijo no es un claro signo de que nuestra unión ha existido?

Me has quitado a mi hijo, pero para ti no es suficiente. También me quieres quitar la vida. Porque has de saber, que toda mi vida, durante estos últimos veinticinco años a girado en torno a ti. Si consintiera esa nulidad matrimonial, sería como si nuestra vida anterior nunca hubiese existido. Mi vida no hubiese servido de nada.

No espero que lo entiendas. Al fin y al cabo, has demostrado que para ti nuestro matrimonio nunca ha sido importante. Pero para mí lo es. Mucho más de lo que te imaginas.

Como comprenderás, no puedo seguir compartiendo techo, con alguien con quien NO he compartido mi vida. Por eso me voy. No soportaría verte todos los días, sabiendo que lo nuestro nunca te ha importado.

No trates de buscarme.

Joder, que tópico suena eso. Pero es igual, no me apetece volver a empezar con la carta sólo por una puta frase.

Te deseo lo mejor del mundo. Espero que seas muy feliz con tu nueva vida.

Con amor, la que nunca fue tu esposa:

Esther Colero.

FIN DE LA 3ª TEMPORADA

En un pequeño pueblecito castellano.

El cielo rojizo del atardecer cubría el pequeño cementerio que vio interrumpido su silencio por el chirriante sonido de la puerta metálica de entrada. Un joven traspasó la deteriorada verja de hierro forjado con un ramo de flores entre las manos.

Caminó pausadamente entre las cruces de las tumbas que se elevaban a ambos lados del único camino. Nadie hubiese reconocido en ese joven, al borracho que una semana atrás, se encontraba en el calabozo de la comisaría del distrito doce de Madrid. Realmente, parecía otro hombre.

Su rostro afeitado le había rejuvenecido al menos diez años, y ahora sí aparentaba tener los treinta y tres que realmente tenía. Había mudado sus raídas ropas por un sencillo traje nuevo, que junto a su pelo recién cortado le daba una apariencia mucho más pulcra de la que mostraba en la celda.

El joven se detuvo frente al muro que cortaba el sendero, y caminó frente a los nichos que en él se aglutinaban. Iba mirando las lápidas de la fila superior, buscando la que hacía ya tanto tiempo que no visitaba.

Finalmente se detuvo al encontrarla. Buscó a ambos lados la escalera que solía estar en ese muro, y cuando la localizó se dirigió hacia ella y la apoyó junto al nicho. Comenzó a subir los peldaños hasta situarse a la altura adecuada. Después retiró las marchitas flores que se retorcían en el pequeño jarrón que sobresalía del pulido mármol y las sustituyó con las flores frescas que había traído. Después tomó un pañuelo y comenzó a limpiar con sumo cuidado la superficie de la lápida, recreándose en las letras talladas sobre el mármol. Mientras realizaba esta tarea, comenzó a hablar en voz alta:

– Hola mamá. Espero que me perdones por haber tardado tanto en venir a visitarte. He tenido muchos problemas últimamente. Supongo que ya lo sabrás. Desde ahí arriba se verá todo. Y supongo que no debes estar muy orgullosa de mi comportamiento. No. Claro que no. Pero creo que eso va a cambiar, mamá. Te lo voy a compensar con creces. ¡Haré que estés muy orgullosa de tu hijo! ¿Y sabes por qué? Porque por fin sé cómo vengarte. Bueno, la verdad es que todavía me quedan por resolver unos cuantos flecos. Pero es cuestión de buscar un poco de información. Dentro de poco, mamá, por fin voy a dar su merecido al cabrón que arruinó nuestras vidas y te llevó a la tumba. Benito Camela pagará muy caro lo que te hizo. ¡Te lo juro!

Continuará…

…Próximamente,

en la 4ª temporada.

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